Incapaz de sostenerlo con sus ojos, Cinder tomó el androide y lo atrajo hacia ella, sobre la mesa.
–¿Qué le pasa a su androide, Su Alteza?
Se veía como si acabara de salir de la línea de ensamblaje, pero por su figura, que emulaba la femenina, Cinder sabía que se trataba de un modelo discontinuado. El diseño era estilizado y tenía una cabeza esférica sobre un cuerpo en forma de pera y un acabado blanco brillante.
–No puedo encenderla –dijo el príncipe Kai, observándola mientras examinaba el robot–. Un día estaba trabajando bien, y al siguiente, nada.
Cinder dio vuelta la androide, de modo que la luz de su sensor quedó orientada hacia el príncipe. Se alegraba de que sus manos estuvieran ocupadas en tareas de rutina y que su boca también tuviera preguntas de rutina; era algo en lo cual concentrarse, y la ayudaba a no ponerse nerviosa ni perder el control de la red de conexión de su cerebro.
–¿Ha tenido problemas con ella antes?
–No. Recibe un chequeo mensual de los mecánicos del palacio, y este es el primer desperfecto serio que ha tenido.