Mientras tanto, en España, la reina Isabel había hecho preguntar a los clérigos y a los altos cargos de la Iglesia si la trata de personas y la venta de esclavos estaban permitidas. Tras una minuciosa investigación, la respuesta fue: «Sí. Totalmente permitido, ya en las Sagradas Escrituras».
Las muchachas más bellas y hábiles que aquella vez habían huido con Toaliina, y a las que habían vuelto a capturar, habían prestado primero sus servicios en la corte y en las casas de los nobles. Cuando se hartaban de ellas, acababan en los mercados de esclavos.