Citas de “El librero de Kabul” de Åsne Seierstad

Sonya y Sharifa son las únicas mujeres que permanecen en casa de Sultán. Cuando los hombres se van a trabajar, las dos esposas se quedan solas. A veces como madre e hija; otras, como rivales. Dentro de unos meses, Sonya dará a luz. Reza a Alá para que sea un hijo varón. Me pide a mí también que rece por ella.
–¡No puedo tener otra hija!
Sería otro pequeño desastre para la familia Khan.
La segunda tentativa de Leila de registrarse como profesora también quedó en nada.
La otra hija, Bulbula, por fin se casó con su prometido, el taxista. Sultán no asistió a la boda de esta parienta recién expulsada del apartamento y también prohibió que asistieran sus esposas y sus hijos.
Es muy peligrosa. Loya Yirga concedió demasiado poder a la Alianza del Norte; estamos en una situación insostenible. Karzai es demasiado débil, no logra dirigir el país. Lo mejor sería un gobierno de tecnócratas designados por los europeos. Cuando los afganos elegimos a nuestros propios líderes, la cosa sale mal. Nadie colabora y el pueblo sufre. Además, seguimos sin nuestras cabezas pensantes; donde hoy debían estar los intelectuales, no hay otra cosa que vacío.
Mansur ha prohibido a su madre volver a trabajar de profesora.
Sultán tiene excelentes contratos en Irán y vende libros a las bibliotecas de las embajadas. Está intentando adquirir uno de los cines cerrados en Kabul para hacer en él un centro cultural con librería, aulas para conferencias y una biblioteca pública para dar acceso a los investigadores a su enorme biblioteca privada.
Mariam, que tanto miedo tenía a dar a luz a otra hija, tuvo a Alá de su parte y parió un hijo varón.
El gran contrato de libros escolares no llegó a firmarse. No ganó Sultán, sino la Universidad de Oxford. El librero piensa que quizá fuera lo mejor:
–El proyecto hubiera agotado todos mis recursos; probablemente era demasiado grande para mí.
El carpintero fue condenado a tres años de cárcel. Sultán no tuvo piedad
Leila no tiene noticias de Karim. Cuando la relación de éste con Mansur se enfrió, al joven le resultó difícil contactar con la familia. Además, ya no estaba seguro de lo que quería. Obtuvo una beca egipcia para estudiar islam en la Universidad Al Azhar de El Cairo.
Antes del alba del día siguiente abandonaron el apartamento Bibi Gul, Leila, Bulbula y Yunus sin llevarse otra cosa que lo puesto. No han vuelto más. De momento viven con Farid, el otro hermano expulsado, su esposa embarazada de muchos meses y sus tres hijos, pero están buscando una casa para ellos.
Unas semanas después de irme de Kabul, hubo una grave crisis en la familia Khan. Las palabras intercambiadas durante una riña entre Sultán y sus dos esposas, por un lado, y entre Leila y Bibi Gul, por el otro, fueron tan irreversibles que la convivencia se hizo casi imposible.
Resulta que Mansur se había enterado de la existencia de las cartas por Aimal. En principio, no tenía nada en contra de que Karim se quedara con su tía, al contrario; el problema era que Wakil también se había olido el galanteo de Karim y había pedido a Mansur que alejase al joven de Leila. Mansur no tenía más remedio que hacer lo que le había pedido su tío; desde luego, Wakil formaba parte de su familia y Karim no.
–¿Cuántas veces al día debe rezar un musulmán?
–Cinco veces.
–¿La respuesta correcta es seis, supongo? –dice la mujer detrás del escritorio, pero Leila no se deja confundir.
–Tal vez lo sea para ustedes, pero para mí son cinco.
–¿Y tú cuántas veces rezas al día?
–Cinco –miente la aspirante a maestra.
Luego le hacen una pregunta de matemáticas, que ella resuelve, y después le plantean una fórmula de física de la que no tiene ni idea.
–¿No me van a examinar de inglés? –pregunta extrañada.
Los examinadores niegan con la cabeza riéndose cáusticos:
–Entonces tú podrías decir lo que te diera la gana.
Tiene que pasar una prueba oral para demostrar que sirve como maestra. En una sala la reciben dos hombres y una mujer sentados detrás de una mesa. Cuando han anotado su nombre, su edad y sus estudios, la examinan:
–¿Sabes el credo islámico?
–No hay otro dios que Alá, y Mahoma es su profeta –recita la joven maquinalmente.
¿Tan difícil es registrarse como maestra cuando el país las necesita a montones? En muchos lugares hay locales y libros, pero nadie para dar las clases. Esto lo había declarado el mismo ministro. Cuando Leila llega por fin a la oficina donde se celebran los exámenes para el nuevo profesorado, sus documentos están completamente arrugados de las muchas manos por las que han pasado.
Así funciona la sociedad afgana. Se trata de un sistema esclerótico en que lo que importa es conocer a alguien. No llegas a ninguna parte sin las firmas y aprobaciones debidas. Leila tuvo suerte y llegó a ver el ministro en persona; otros deben contentarse con un funcionario de menor rango. Por otro lado, el hecho de que los ministros se pasen los días firmando los papeles de la gente que se ha abierto camino hasta su despacho mediante sobornos y enchufes hace que sus firmas valgan cada día menos
–¿Cuál es tu respuesta? –pregunta a Leila su admirador.
–Sabes que no te puedo contestar.
–Pero, ¿tú que quieres? –insiste él.
–Sabes bien que yo no puedo tener ninguna opinión al respecto.
–Pero, ¿te gusto? –quiere saber.
–Sabes que yo no puedo tener una opinión al respecto.
–¿Aceptarás si te pido en matrimonio? –se preocupa.
Yo no quiero una mujer de la prehistoria. Eres la esposa de un hombre liberal y no de un fundamentalista.
Y liberal lo es Sultán en muchos aspectos. En su viaje a Irán compró ropa occidental para él y su joven esposa, acostumbraba a calificar la burka como una jaula represora, y le alegraba que hubiera mujeres ministras en el nuevo gobierno. Deseaba de todo corazón que Afganistán se convirtiera en un país moderno y podía argumentar con entusiasmo sobre la emancipación de la mujer. Pero en casa seguía siendo el patriarca autoritario.
La hermana de Karim había hablado a éste de los problemas que Leila tenía para poder registrarse como profesora, y como el joven conoce al que es la mano derecha de Rasul Amin, el nuevo ministro de Educación, al cabo de semanas de gestiones obtiene una cita con éste para Leila. Bibi Gul le da permiso para ir, Sultán, por suerte, está en el extranjero, y ni siquiera Mansur le pone trabas. Todo le sonríe. Leila pasa la noche dando las gracias a Alá y rezando para que todo salga bien, tanto el encuentro con Karim como la cita con el ministro.
El tercer pretendiente oficial era Khaled, otro primo suyo. Era un joven tranquilo y guapo que Leila conocía desde pequeña y que de hecho le caía bien; además, era amable y tenía ojos cálidos y hermosos. Pero, ¡qué familia la suya! Era espantosa y numerosa, un total de treinta personas. Su padre era un viejo severo que acababa de salir de la cárcel después de haber sido acusado de colaborar con los talibanes
Y eso que su marido era rico y guapo –dijo él, todavía conmocionado por la noticia–. Qué vergüenza, y además con un pakistaní. Esto me confirma en mi deseo de casarme con una mujer muy joven. Tiene que estar intacta y tendré que conducirla con mano dura –concluyó convencido.
–Pero, ¿y el asesinato? –objetó Leila.
–Ella pecó primero.
Leila también quiere ser joven y estar intacta. Le aterra ser descubierta.
Si bien esto era verdad, también lo era que Karim era un joven culto, que parecía amable y que apenas tenía familia. Representaba su salvación porque tal vez podía cambiarle el destino. Lo mejor de todo era que él no tenía una familia extensa que la podía convertir en su criada. Karim seguramente la dejaría estudiar o trabajar, y sólo serían ellos dos
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