Recuerdo ciertos momentos, llamémoslos icebergs en el paraíso, en los que, tras haber gozado de ella —tras fabulosos y enloquecidos excesos que me dejaban desfallecido y envuelto en una especie de neblina azul—, la estrechaba entre mis brazos, al fin con un mudo gemido de ternura humana (su piel brillaba, iluminada por la luz de neón que llegaba del patio pavimentado del motel a través de los listones de la persiana, sus negras pestañas estaban enredadas, sus graves ojos grises parecían más ausentes que nunca: cualquiera que la hubiera visto, habría pensado que era una pequeña paciente que acababa de sufrir una importante operación y estaba todavía bajo los efectos de la anestesia), una ternura que aumentaba hasta convertirse en vergüenza y desesperación, y adormecía a mi solitaria y ligera Lolita acunándola en mis brazos marmóreos, y gemía en su cálido cabello, y le prodigaba mis caricias, y le pedía mudamente su bendición; y cuando llegaba el momento culminante de aquella ternura humana angustiosamente desinteresada (en el que mi alma, lo digo muy en serio, vagaba alrededor de su cuerpo desnudo, lista para el arrepentimiento), de repente, irónica, horriblemente, la lujuria volvía a apoderarse de mí, y Lolita exclamaba «¡Oh, no!», con un suspiro y levantando los ojos al cielo, y en un instante la ternura y la nube azul se desvanecían.