Si las conversaciones tensas son tan habituales —y dolorosas—, ¿por qué no nos esforzamos más por mejorarlas? Pues justamente por su componente emocional. Cuando no nos implicamos emocionalmente en un problema, sabemos que el conflicto es normal, y puede resolverse o, al menos, gestionarse. Pero, cuando se despiertan las emociones, la mayoría nos alteramos y, como el futbolista que se viene abajo en un partido muy reñido, perdemos la esperanza de poder llegar hasta la portería contraria.
Llevo veinte años impartiendo clases y talleres sobre comunicación en situaciones tensas para algunas de las principales empresas y universidades de Estados Unidos, y tanto en las aulas como en los laboratorios he aprendido que la mayoría de la gente no se ve capaz de resolver problemas delicados a través de la palabra. Es como si, de repente, perdiéramos nuestras facultades y no pudiéramos pensar nada útil sobre la situación ni sobre cómo podrían obtenerse buenos resultados.
Sin embargo, no tiene por qué ser así. He comprobado que los directivos son perfectamente capaces de mejorar por sí solos una conversación difícil si se enfrentan a ella siendo más conscientes de sí mismos, si se la preparan de antemano y aplican solo tres técnicas de comunicación de eficacia comprobada. Cuidado, que no estoy diciendo que exista una receta única para abordar estas conversaciones. Hay demasiadas variables, demasiada tensión, y las relaciones personales no son extrapolables de una situación difícil a otra, pero sí es posible ver cualquier conversación difícil como