Quiero cerrar los ojos para no ver este último golpe, pero no puedo. Mis ojos están pegados a la escena.
—Debiste aceptar nuestra invitación cuando tuviste oportunidad —dice el Nocturno, levantando el ala para alejarla del cuerpo del Nevado—. Aunque ni siquiera yo hubiera predicho este final para ti.
Asiente nuevamente en dirección del Rayado. La espada desciende con fuerza y corta el ala.
El Nevado suelta un alarido de furia. Las calles se llenan con los ecos de su rabia y agonía.
La sangre brota por todos lados, salpicando a los demás. Luchan por sostenerlo, pues la sangre hace que su cuerpo resbale. El Nevado gira y patea a dos de los bravucones con la rapidez de un rayo. Terminan rodando en el asfalto, doblados por la mitad. Por un breve instante, mientras los otros dos ángeles luchan por mantenerlo en el suelo, pienso que logrará liberarse.
Pero el Nocturno aplasta su bota sobre la espalda del Nevado, justo en la herida recién infligida.