—Mi familia ha desaparecido —alcanzó a decir, la garganta doliéndole por el esfuerzo—. Estoy de luto.
—Ya lo sé —dijo Nell, acomodándose para sentarse junto a Cassandra. Le tomó la mano—. Lo sé, mi querida niña. Pero han pasado seis meses. Y tú no estás muerta.
Cassandra lloraba por haber tenido que decir esas palabras en voz alta.
—Estás aquí —dijo Nell con suavidad, apretando la mano de Cassandra—, y yo necesito ayuda.