Todos estamos muy contentos por tu hermano Cuahuitlícac, pequeño Cuetzpalómitl, hijo mío. Estamos orgullosos de que sea un gran guerrero. Ya ha demostrado que es valiente. Ha tomado dos prisioneros en la guerra. Por eso ya puede pintarse el rostro de amarillo y rojo y ya puede vestir las mantas de colores y el máxtlatl rojo que le ha regalado el emperador Moctezuma. Gracias a ello todos los que lo ven por la calle saben que es un valiente y por ello ahora se va a casar con una buena muchacha. La que será su esposa es una mujer recta, discreta y obediente. Y tu padre le va a regalar mantas de algodón azul y rojo y también algunos chalchihuites y plumas de quetzal.
”Y tú, hijito querido, tú debes ser como él. Ya eres un joven fuerte. Pronto irás a la guerra y capturarás un enemigo. Todos esperamos que seas tan valiente como tu hermano. Si no, todos lo sabrán y se burlarán de ti. Y entonces, ninguna mujer te querrá como esposo y nunca te podrás casar.”
Mi madre me hablaba en tono serio, para que supiera que me decía cosas importantes. Ella quería que fuera tan valiente como mi hermano y yo también sentía deseo de ir a la guerra para hacer prisioneros y vestirme como él y llevar la cara pintada de amarillo y rojo. Pero eso no se lo podía decir, porque un joven no debe hablar cuando un mayor se dirige a él, menos cuando usa un tono tan serio.