Esa noche llegamos a la casa y mi mamá nos mandó a la cama, pero yo no pude dormirme. Di muchas vueltas y un rato después me levanté; me asomé a la sala y vi a mi mamá sentada en el suelo, mirando las cenizas que estaban en la mesita. Estaba llorando. Me acerqué a ella y quise decirle algo para consolarla, pero yo estaba igual de triste y no pude decir nada. También lloré, la abracé y así nos quedamos los dos hasta que nos dormimos. En la madrugada desperté sobre el sillón, tapado con una cobija y mi mamá seguía sentada frente a la mesita. No había dormido nada. Me senté junto a ella y le di un beso. Estuvimos callados un rato hasta que mi mamá acarició el bultito de las cenizas y me preguntó:
—¿Qué hacemos con ellas?
Yo no tenía ninguna idea que pareciera buena y sólo me encogí de hombros. Luego mi mamá le preguntó a Tomasa y ella le dijo que lo mejor que podía hacer era ponerlas en un árbol. Teníamos un árbol —bueno, todavía lo tenemos— junto a la puerta de entrada del departamento, y mi mamá y yo plantamos ahí las cenizas que sobraron de mi papá. Yo era tan tonto que llegué a pensar que a lo mejor crecía otra vez mi papá en la maceta. Por supuesto que esto nunca pasó, pero el árbol se puso muy bonito y hasta hoy sigue ahí, enorme y lleno de hojas. Quizás esto también es una tontería, pero cuando veo al árbol, tan grande y fuerte como era mi papá, haciendo guardia junto a la puerta del departamento, es como si mi papá estuviera todavía aquí en la entrada de la casa para cuidarnos. A ese árbol lo cuidamos muy bien y lo regamos diario. Antes mi mamá acostumbraba ponerle una taza de café caliente todas las mañanas, porque mi papá siempre lo tomaba, pero dejó de hacerlo porque una amiga le dijo que el café caliente les hacía daño a los árboles. Ahora sólo le pone el polvito que sobra cuando se hace el café. También platica con él cuando lo riega y, aunque siempre se fija que no haya nadie alrededor, a veces sin querer me ha tocado oírla. Desde entonces Tomasa le puso “Charlie” al árbol, porque así le decía a mi papá, que se llamaba Carlos. Cada vez que llega le dice al árbol, “quiúbole, Charlie” y también se despide, “hasta lueguito, Charlie”. Si fuera cualquier otra persona la que hubiera bautizado así al árbol de mi papá, lo saludara y se despidiera de él, yo me enojaría porque parece broma. Pero con Tomasa no me enojo porque sé cuánto quería a mi papá, y a lo mejor de veras piensa que algo se quedó de él en el árbol. A mí me gustaría que así fuera, aunque de todos modos mi papá siempre está en mis recuerdos. Cada noche, antes de acostarme, pienso en los ratos padres que pasamos juntos. Ahora que me he acordado de todo esto para escribirlo parece que mi papá se hubiera ido hace muchísimo tiempo.
Y me doy cuenta de cuánto lo he extrañado.