Cuando Diego nació, conocí otro sentido de la vida. En vez de transcurrir en una superficie, me encontré de pronto inmerso en un cuerpo sólido de infinitos lados. Y sentí que, a partir de ese momento, todo lo que viviría dependería absolutamente de la existencia de Diego. Cuando lo veo —sin que él perciba mi mirada— contemplo los pliegues secretos de la vida