Todo puede ser llevado al mercado, desde el sexo hasta la Santísima Trinidad. De todo puede obtenerse ganancia. Hasta las cosas más sagradas, directamente vinculadas a la vida, como el agua potable, las semillas, los suelos y los órganos humanos, son objeto de compraventa y, como tales, susceptibles de acumulación. Ciertamente tienen un gran valor, pero no tienen precio. Por eso jamás deberían entrar en el circuito comercial del mercado.