No era verdad que la primera vez que se intenta matar a un hombre se quede dentro para siempre: lo que perdura es la sensación de su piel, una tela vieja enrollada en torno a un órgano que resbala y amenaza con salirse mientras se sigue apretando con la esperanza de ver algo nuevo que emerja a la superficie, y en ese momento no se piensa tanto en la vida que se acaba, sino en algo indecible y milagroso que comienza.