Ella ya no está —responde—. El amor de mi vida ya no está, y no puedo llamarla y decirle que lo siento y que quiero que vuelva. Se fue para siempre. Así que sí, Monique, eso es algo de lo que sí me arrepiento. Me arrepiento de cada segundo que no pasé con ella. Me arrepiento de cada tontería que hice y que le provocó siquiera una pizca de dolor. Debería haber corrido por la calle tras ella el día que me dejó. Debería haberle rogado que se quedara. Debería haberle pedido perdón, enviado rosas, o haberme trepado al cartel de Hollywood y gritado: «¡Estoy enamorada de Celia St. James!» aunque me crucificaran por ello. Eso es lo que debería haber hecho. Y ahora que no la tengo, y que tengo más dinero del que podría llegar a usar en esta vida, y que mi nombre está grabado en la historia de Hollywood, y que sé lo hueca que es, me arrepiento de cada segundo que elegí eso en vez de amarla con orgullo. Pero eso es un lujo. Eso es algo que puedes hacer cuando eres rica y famosa. Puedes decidir que el dinero y la fama no valen nada, cuando los tienes. En aquel entonces, yo aún creía que tenía todo el tiempo que necesitaba para hacer todo lo que quería. Que, si jugaba bien mis cartas, podía tenerlo todo.
—Pensabas que ella volvería contigo —observo.
—Sabía que volvería conmigo —aclara Evelyn—. Y ella también lo sabía. Las dos sabíamos que no habíamos terminado.