«Vendido», «lacayo», «rastrero», «mercenario», «agente», «Judas», «comprado por treinta denarios»: con estas palabras Lenin definía a menudo a sus oponentes.
En una discusión Lenin no se esforzaba en convencer a su adversario. Nunca se dirigía a él, sino a los testigos de la discusión. Su objetivo era mofarse y comprometer a su oponente. Los testigos podían ser unos pocos íntimos, miles de delegados en un congreso o bien la masa de millones de lectores de un periódico.
En la discusión Lenin no busca