¿Alguna vez quise tanto a otra persona que hasta su ropa me parecía sagrada?
Tengo treinta años y no tengo ni hijos ni ataduras. Si Robert viniera descalzo hacia mí por el prado, le daría la espalda, consciente de que se puede amar a alguien y no ser capaz de vivir con él, y de que no hay adultos que te puedan decir lo que hay que hacer.