«La concepción ingenua del analfabetismo —dice Paulo Freire— lo encara como si fuera un “absoluto en sí”, o una “hierba dañina” que necesita ser “erradicada” (de ahí la expresión corriente: “erradicación del analfabetismo”). O también lo mira como si fuera una enfermedad que pasará de uno a otro, casi por contagio».
No es de extrañar, pues, que el analfabetismo aparezca en la noción tradicional como una especie de mal de nuestros pueblos, como una manifestación de su incapacidad, de su poca inteligencia y aun de su apatía.
Pero la verdad es otra. «La concepción crítica del analfabetismo —dice después Freire— por el contrario lo ve como una explicitación fenoménico-refleja de la estructura de una sociedad en un momento histórico dado»[4].