¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? ¿Es tan distinto el amor pasional que la mayoría de la gente alguna vez ha sentido, del amor místico de Juancito de la Cruz o Teresa de Ávila? ¿O del amor hacia los pobres y hacia la naturaleza de Francisco de Asís, o del amor por el conocimiento de Juana Inés de la Cruz? ¿En qué se diferenciaba su amor hacia la Virreina del amor hacia la escritura o el saber?
Elijamos a Francisco esta vez y su amor por el lobo. O el amor del lobo por él. ¿No es extraordinario este amor? La naturaleza que no habla pero habla todo el tiempo en nuestros oídos como hablan los pajaritos o las plantas en el bosque o el jardín. ¿La hacemos hablar, como hacemos hablar a los humanos que amamos en el espejo de nuestro yo? ¿Por eso los amamos tanto?
Cuando miramos fijamente un bichito cualquiera, un cascarudo por ejemplo, y lo vemos agonizar sin poder darse vuelta… todo lo que queremos es ayudarlo, ni siquiera sabemos el nombre que le hemos puesto y le hablamos con su genérico, date vuelta, cascarudito, por favor, y lo vigilamos hasta que llega su muerte. ¿O es al revés acaso? O somos su espejo y en él se refleja con toda dulzura, con toda furia la otredad en la intemperie. ¿Por qué estamos tan unidos en el vasto territorio de la materia, tan próximos y a veces tan distantes?
Cuerpo y espíritu parecen desaparecer. Y el lobo lo lame al santo, el santo lo besa al lobo. Entendimiento total en el espejo. Si esto pasa en el amor entre especies diferentes, ¿qué no pasará con los de la misma? Hundida en la insondable soledad muchas veces pienso que el más remoto ser humano se volvería mi hermano, mi carnal para siempre si lo encontrara en ese momento con el brillo cóncavo del espejo.
Uno, dos, tres, ¿cuántos puntos tenemos en común con un cascarudo o un lobo o un perrito, Lolita de mi corazón? O un ser humano... Agrandemos el espejo.