larga.
¿Se trataba de un pueblo fantasma que ni siquiera registraban los mapas? Salió y continuó buscando algo qué beber y, de paso, algo que echarse en el estómago. Llegó hasta donde se alzaba una plazoleta con un kiosco de madera y aterrado descubrió, detrás de unas bancas, una pila de huesos color cal que semejaban leños dispuestos para encender una hoguera. Otros estaban pulverizados, como si un hubieran sido destrozadas con un mazo o de un pisotón gigantesco. Y, coronados también por un mensaje fúnebre escrito sobre la pared del muro del kiosco: para que aprendan a respetar.