Y, en Juan Villoro (Safari accidental, Joaquin Mortiz, 2017, pp. 11), la crónica es el ornitorrinco de la prosa: una forma híbrida que toma del reportaje su verificación, del ensayo su reflexión y de la narrativa su capacidad de contar, sin dejar de construir una VOZ propia. Su fuerza reside en la observación paciente, en la escena que respira, en el coro de fuentes y en la profundidad de perfiles e historias de vida; en la descripción que cava hondo para alumbrar lo que suele permanecer en penumbra: una primera persona contenida, momentos vívidos, detalles que prefiguran mundos.