El barco se alejó a ritmo lento del lateral del muelle. Varios de los pasajeros dijeron entonces: «Bueno, bueno, ¡al fin, zarpamos!» a otros tantos que hasta entonces solo habían pensado en decirlo.
Owen Quentillian recordó otra travesía por mar, más larga, que él mismo había hecho cuando era muy pequeño. Y, con mucha más claridad todavía, recordó su llegada a St. Gwenllian.
Era precisamente lo que deseaba evocar, consciente como estaba de la necesidad de reanudar aquel vínculo que se había visto interrumpido durante años casi sin advertencia.
Dejó que su pensamiento viajara al pasado y se vio así: un niño diminuto, desconsolado y tembloroso, a quien apartaban de papá y mamá en la mismísima estación y sentaban en un carro abierto de