Esto ha implicado que los doctores se bajen, como quería José María Arguedas, de sus atrios y reaprendan como niños a pintar con colores, a rehacer hilos y musitar palabras en lenguas que solo están lejos en la medida en que nuestras escuelas sigan separando pensamiento de sentimiento, intuición de sensación, blancos de negros y de indios y, claro, oralidad de escritura.