Las persecuciones ilustran para empezar el empecinamiento de las sociedades en encontrar regularmente un chivo expiatorio para todos sus males, y en encerrarse en una espiral de irracionalidad inaccesible a toda argumentación sensata, hasta que la acumulación de discursos de odio y una hostilidad obsesiva justifican pasar a la violencia física, percibida como una legítima defensa del cuerpo social.