La contradicción es evidente: los adalides de la incorrección política suelen tener audiencias de cientos de miles –cuando no millones– de personas, y se quejan de estar siendo silenciados. Con independencia de su poder mediático o económico –que en el caso de Trump es ingente–, se posicionan como víctimas de un discurso dominante que resulta buenista y mentiroso, cuando no amenaza directamente la libertad de expresión y actuación.
Pero