Sus manos de niña se marcaron en el polvo. Fue a morirse igual que mi abuela, que se murió al parir a mi madre. Morirse al dar vida. Cegado por el odio, mi abuelo nunca la perdonó, como tampoco me perdonó a mí por llevarme a la tumba a su hija. En su prisa por darme a luz, mi madre ni agua llevó. «La boca la tenía llena de tierra, la masticó con ganas de sacarle un poquito de humedad», me contó Chuy. Quedó con la lengua y la garganta terrosas. Se acuclilló para parirme. Debí deslizarme de su barriga hacia el zacate seco que juntó como si fuese un nido. Limpió mis serosidades y escribió en la arena mi nombre: Rodrigo, como el río San Rodrigo. Debió comprobar que yo era un varón antes de escribirlo. No se supo si eso fue lo último que hizo antes de morirse, pero la hallaron con el dedo índice al final de la «o». Nos halló Chuy tres días después de que se despareció. Un venado macho se encontraba parado junto a nosotros, «te protegía», me dijo Chuy. Puños de coyotes nos rondaron para intentar comernos. Se notaban sus pisadas alrededor del mezquite. Dale y dale los pinches perros mazacuatos para llevarse un trozo de nuestras carnes. «Te veló el venado porque no los dejó acerca