No, no reconozco esa fosforescencia en la punta de los dedos.
No, no sé quién es el otro en el espejo con las encías abultadas.
Ese que escribe ecuaciones en el vacío y repite hasta el cansancio, con los testículos al aire: «Lo que no mata, fortalece… Lo que no mata, fortalece… Lo que no mata, fortalece».
No, yo no conozco mi cuerpo, pero voy hacia mí.