La verdad es que odio escribir relatos. Intentar escribirlos me ha enseñado mucho más sobre la frustración y la desesperación de lo que jamás querría saber.
Y, sin embargo, escribir relatos tiene algo de seductor. Parece facilísimo. Se te ocurre una idea y diez, veinte, quizá treinta páginas más tarde, ahí lo tienes: un relato terminado.
Bueno, puede que no.