Por la transparencia cae un baño de realidad —el más real de todos: el de la luz solar—, una concesión de los arquitectos al mundo exterior, como si nos dijeran: “Bueno, está bien, este Paraíso encapsulado que inventamos para enloquecerlos a ustedes y a sus billeteras también tiene su pequeño afuera”, en el que circulan autos desarticulados, motos humeantes y empleados de maestranza de los que cuelgan mochilas de segunda o tercera generación, al lado de camionetas de la solidez de un búnker antinuclear (no es un paisaje de la sociedad: es su estructura).