Maquiavelo nos hace respirar el aire seco y sutil de Florencia y no puede evitar exponernos las más graves cuestiones al ritmo de un indomable allegrissimo, hallando tal vez un pícaro placer artístico en atreverse al siguiente contraste: un pensamiento elevado, difícil, duro y peligroso combinado con un ritmo galopante y un endiablado buen humor.