Ah! ¡Qué terribles centinelas, las mayúsculas! Me parecía que se levantaban entre los nombres propios y yo para impedirme tratarlos. Toda palabra marcada con una mayúscula estaba condenada al olvido inmediato: ciudades, ríos, batallas, héroes, tratados, poetas, galaxias, teoremas, prohibido recordarlos a causa de una mayúscula petrificante. Alto ahí, exclamaba la mayúscula, no se cruza la puerta de este nombre, es demasiado propio, demasiado limpio, no se es digno de ello, ¡se es un cretino!