Cuando Ivan y yo guardamos silencio porque no hay nada que decir, o sea, cuando no hablamos, no es un silencio lo que se abate, sino que, por el contrario, me percato de que nos rodean muchas cosas, de que todo vive a nuestro alrededor, se hace notar sin ser impertinente, toda la ciudad respira y circula, y de ese modo Ivan y yo no estamos preocupados, porque no estamos separados ni encerrados en una mónada, no estamos aislados ni descartados como algo doloroso. Nosotros también somos una parte aceptable del mundo, dos personas que van por la acera tranquilas o a toda prisa, que ponen los pies en un paso de peatones, y aunque no decimos nada, aunque no nos comunicamos directamente, Ivan me cogerá a tiempo de la manga y me sujetará para que no acabe debajo de un coche o de un tranvía