Christopher Bird

Citas

Pato Pereyracompartió una citahace 2 años
A principios del siglo XX, un experto biólogo vienés de nombre gálico, Raoul Francé, lanzó la idea, extraña y hasta escandalosa para los filósofos naturales de aquel tiempo, de que las plantas mueven su cuerpo con la misma libertad, facilidad y gracia que el más hábil animal o ser humano, y la única razón de que no caigamos en la cuenta de esto es que lo hacen a ritmo mucho más lento que los hombres.

Las raíces de las plantas, decía Francé, buscan su camino inquisitivamente hacia el interior de la tierra, sus capullos y vástagos describen círculos concretos, sus hojas y flores se inclinan y estremecen ante el cambio, sus tallos y ramitas exploran en torno suyo y alargan sus brazos espectrales para tantear sus alrededores. El hombre, decía Francé, cree que las plantas no se mueven ni sienten porque no se toma el tiempo suficiente para observarlas
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Así pues, la raíz es una especie de bomba de agua. Esta opera como un solvente universal, vivificando los elementos desde la raíz hasta las hojas, evaporándose y volviendo a caer a la tierra, para servir una vez más de medio de esta cadena de vida. Las hojas de un girasol corriente transpiran en un día tanta agua como la que suda un hombre. En un día cálido un solo abedul puede absorber hasta cerca de 400 litros, exudando una refrescante humedad por sus hojas.

No hay planta que no tenga movimiento, según Francé; todo crecimiento es una serie de movimientos; las plantas están constantemente dedicadas a inclinarse, girar y temblar. Describe un día de verano en que millares de brazos como pólipos se destacan de un árbol pacífico, estremeciéndose y temblando de impaciencia por llevar alimento al grueso tronco que crece debajo de ellos. Cuando el zarcillo, que describe un círculo completo en sesenta y siete minutos, encuentra algo saliente, a los veinte segundos empieza a curvarse en torno al objeto, y al cabo de una hora se ha enroscado a él con tanta firmeza que es difícil separarlo. Entonces se convierte en una especie de sacacorchos y levanta hacia sí la enredadera.
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Salvo Afrodita, no hay en este planeta nada más bonito que una flor, ni más esencial que una planta. La verdadera matriz de la vida humana es la capa de verde césped que cubre a la madre tierra. Sin las plantas verdes no comeríamos ni respiraríamos. Bajo la superficie de cada hoja hay un millón de labios móviles que se dedican a devorar anhídrido carbónico y a despedir oxígeno. Más de 64 millones de kilómetros cuadrados de superficies cubiertas por hojas están cada día realizando este milagro de la fotosíntesis, produciendo oxígeno y alimentos para el hombre y los animales.

La cantidad principal de los 375.000 millones de toneladas de alimentos que consumimos al año procede de las plantas, que los sintetizan del aire y del suelo con la ayuda de la luz solar. El resto deriva de productos animales, que también proceden de las plantas. Todos los alimentos, bebidas, estupefacientes, drogas y medicinas que mantienen vivo al hombre, y si los usa como es debido, radiantemente sano, están a nuestra disposición gracias a la amabilidad de la fotosíntesis. El azúcar produce todos nuestros almidones, grasas, aceites, ceras y celulosa. Desde la cuna hasta la sepultura, el hombre necesita celulosa como base para su vivienda, vestido, combustible, fibras, cestería, cuerdas, instrumentos musicales, y el papel en el cual consigna por escrito su filosofía. La abundancia de las plantas que para su beneficio utiliza el hombre queda perfectamente indicada en las seiscientas páginas, aproximadamente, del Dictionary of Economic Plants (Diccionario de plantas económicas), de Uphof. La agricultura es la base de la riqueza de una nación, y en eso están de acuerdo todos los economistas
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