Yo sufrí un montón, a pesar de que nos queríamos, porque no puedes evitar que una persona-droga sea una persona-droga, por muy maravillosa que sea. Lo que alimentaba su condición de droga era la distancia y otros factores que aseguraban que nunca podríamos estar juntos con todas las consecuencias. Ninguno de los dos estaba realmente disponible. O sea, que estábamos en un permanente estado de anhelo, de casi tocarnos, como en la «Oda a una urna griega» de Keats, pero con iPhones.