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Esther Kinsky

  • natalia dahudcompartió una citahace 15 días
    Acostada y despierta, medité sobre las posibilidades que tenía en aquel lugar para ajustar mi vida durante tres meses a un orden que me permitiera sobrevivir a la inesperada extrañeza.
  • natalia dahudcompartió una citahace 15 días
    Durante los primeros días en Olevano tuve un sueño.

    Voy al encuentro de M. Está inmóvil en un pasillo. A su espalda hay un espacio de luz blanca. M. está como antes, tranquilo, discreto, casi rollizo de nuevo.
  • natalia dahudcompartió una citahace 15 días
    Olevano aquella pesadez que sentía en mi corazón se convirtió en mi estado natural. Cuando subía a la casa, al volver del pueblo. Cuando de la casa caminaba, cuesta arriba, al cementerio.

    Me imaginé un corazón gris, de un gris claro con un brillo barato, como el plomo.

    El corazón de plomo se amalgamaba con todo lo que había visto y que se depositaba en mí. Con la imagen de los olivares en la niebla, de las ovejas en la ladera, del barranco de las encinas, de los caballos que, en ocasiones, pacían sin ruido detrás del cementerio, con las perspectivas de la llanura y sus pequeños bancales de tenue resplandor, escarchados las mañanas frías de color azulado. Con las diarias columnas de humo de las ramas de olivo ardiendo, con las sombras de las nubes, con los matojos de palidez invernal y las zarzas violáceas en los bordes de los caminos.
  • natalia dahudcompartió una citahace 15 horas
    Qué minúsculos, qué inverosímilmente menudos parecen los seres cuando la vida los ha abandonado. En mi mano, el pájaro parecía tan ligero como si estuviese hueco, no pesaba casi nada, un cuerpo triste al que ahora, tan poco tiempo después de la muerte, ya apenas se lo podía creer capaz de haber tenido vida.

    Aguardé hasta el crepúsculo y, cuando en el cuarto de la casera empezó a parpadear la televisión, enterré el pájaro entre los olivos que había por debajo de la terraza.
  • natalia dahudcompartió una citahace 14 horas
    Cada mañana, me despertaba en una tierra extranjera. Detrás de un monte alto, donde había hoyos que conservaban la nieve, el día rompía gris y azul, a veces amarillo y turquesa. A menudo, sobre la llanura aún flotaba la bruma, formando en algunos tramos extensos bancos sueltos que parecían aguas heladas. Cada mañana me sentía como si tuviera que aprenderlo todo de nuevo.
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