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Charles Spurgeon

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Versión poética:
MISERERE MEI DEUS, SECUNDUM MAGNAM
MISERICORDIAM TUAM
Señor, ¡misericordia! a tus pies llega
el mayor pecador; mas ya contrito,
que a tu infinita paternal clemencia
pide humilde perdón de sus delitos.
Perdónale, Señor, oye piadoso
el doliente clamor de mis gemidos,
según la multitud de tus piedades
lava las manchas de mis muchos vicios.
Lávalas, mas Señor, haz que tu sangre
borre, y no deje más de mis delirios
que tu gloria de haberlos perdonado,
y mi dolor de haberlos cometido.
Conozco mi maldad, veo que es grande,
que no puedo ocultármela a mí mismo,
y sé que si tu sangre no la borra,
ha de ser para siempre mi suplicio.
Pequé, pequé, mi Dios, en tu presencia,
osado te insulté, fui tu enemigo,
mas perdón, justifica tus promesas,
y venza la piedad en tus juicios.
Sé que soy delincuente, ¿mas qué mucho?
si vengo de un origen tan indigno,
si nací de mi madre en el pecado,
y de un semen infecto y corrompido.
Mas tú que la verdad amas piadoso,
te has dignado mostrarme compasivo
de tu sabiduría los decretos,
y de la confesión el beneficio.
Allí me rociarás con el hisopo,
con la sangre preciosa de tu Hijo
me lavarás, y quedaré con ella
más blanco que la nieve y el armiño.
A mi oído también darás entonces
con tu perdón consuelo y regocijo,
y mis huesos exánimes y yertos
serán ya de tu cuerpo miembros vivos.
Aparta, pues, tu vista de mis culpas,
vuelvan tus ojos a mirar a Cristo,
y lávame, Señor, con esa sangre,
que pródigo derramas hilo a hilo,
Un puro corazón crea en mi pecho,
y tan puro que sea de ti digno;
mi espíritu renueva, y haz que sea
tan recto como injusto fue el antiguo.
No me arrojes, Señor, de tu presencia
que eres nuestra salud, guía y camino,
alúmbreme tu luz, y no me quites
de tu Espíritu Santo el dulce auxilio.
Vuélveme a la alegría de tu gracia,
vuelve a reconocerme por tu hijo,
confírmame en tu amor, y que ya siempre
te sirva fervoroso y sometido.
Tu santo nombre alabarán las gentes,
tus sendas mostraré yo a los inicuos,
y admirando tu gran misericordia,
se te han de convertir aun los impíos.
Oh Dios de mi salud, Dios de clemencia,
líbrame del mortífero atractivo
de la carne y la sangre, y tu alabanza
mi lengua entonará todos los siglos.
Tú, Señor, abrirás mi torpe labio,
este labio, que tanto te ha ofendido,
mas ya ferviente cantará tu gloria
con cánticos amantes, gratos himnos.
Porque si tú quisieras otra ofrenda,
ninguna te negará el ardor mío;
pero no quieres tú más holocausto
que un puro amor, un ánimo sumiso.
Un espíritu fiel y atribulado
para ti es el más digno sacrificio,
y nunca has despreciado los clamores
de un corazón humilde y compungido.
Señor, pues amas y deseas tanto
salvar a tu Sión, dispón benigno,
que en la inmortal Jerusalén de mi alma
se labre de tu amor el edificio.
Aceptarás entonces las ofrendas,
los holocaustos que te son debidos,
y de tu altar mi corazón pendiente,
arderá en incesante sacrificio.
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«¡Lávame, límpiame, oh Señor, y haz que mi pecado y mis transgresiones estén siempre delante de mí! ¡Haz que solo sienta que he pecado contra ti; y que por tanto, tu sentencia es justa y tu juicio irreprochable! ¡Hazme entender la virulencia de la corrupción que habita en mi interior desde el día mismo en que nací; y purifícame totalmente de ella, sustituyéndola por ti en lo más profundo de mi ser; para que mi propósito de enmienda sea, verdaderamente, un punto de inflexión en mi vida y un regreso a los brazos del Salvador! ¡Haz de mí, oh Señor, una nueva creación! ¡Y no me retires tu Santo Espíritu, al contrario, haz que me regocije en el gozo de tu salvación! ¡Líbrame, oh Señor, de la culpa sangrienta de haber obrado en contra de otros, aun del más insignificante de esos pequeños que te aman; y abre mis labios para que pueda testificar sobre las cosas maravillosas que has realizado en mi alma, y con ello, ofrecerte sacrificios espirituales! ¡Y no permitas que ninguna de mis faltas y delitos sea motivo de escándalo que repercuta sobre tu Iglesia: purifícala y edifícala, para que incluso sus elementos y actos externos, libres de toda mancha de corrupción o hipocresía, sean agradables a tus ojos»
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Conforme a la multitud de tus piedades. Los seres humanos quedamos aterrorizados cuando tomamos conciencia de la multitud de nuestros pecados. Nos queda, sin embargo, un consuelo: nuestro Dios cuenta con multitud de misericordias. Si nuestras maldades y pecados fueran más numerosos que los cabellos de nuestra cabeza,31 las misericordias de Dios serían tantas como las estrellas de los cielos;32 y como Él es un Dios infinito, sus misericordias son infinitas. Sí, sus misericordias sobrepasan a nuestros pecados y se elevan por encima de ellos, tanto, como elevado está el propio Dios por encima de nosotros pobres pecadores. Las ansias del salmista de recurrir a las múltiples misericordias de Dios, demuestra cuán profundamente herido se sentía a causa de sus múltiples pecados, pues cada uno le parecía valer por cien. Así nos sucede también a nosotros; mientras estamos bajo el dominio, influencia y guía de Satanás, mil pecados nos parecen uno; pero en cuanto nos acercamos a Dios y nos entregamos a su servicio, un solo pecado nos parece como mil
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