Sufrimos demasiado por problemas que están en el otro extremo del mundo o, en el peor de los casos, nos hundimos en un apático pesimismo; de esta forma, muchas personas no consiguen poner siquiera algo de orden en su pequeña zona de influencia, la que va de la cocina al armario ropero, o estar en paz con su pareja, sus vecinos y sus compañeros de trabajo. No obstante, el arte de vivir empieza en nosotros mismos, está delante de nuestras narices.