Alia Trabucco

  • Inéscompartió una citahace 8 meses
    En el silencio, en cambio, todas las palabras existen a la vez: suaves y ásperas, tibias y frías.

    Empecé a notar algunos cambios, aunque de seguro nadie más los percibió. Entre más me callaba más potente se volvía mi presencia, más nítidos mis bordes, más significativos los gestos de mi cara. Así pasaron algunas semanas. Escriban en sus documentos «varias semanas» o «un número indeterminado de semanas»; ya les he dicho que no es fácil darle un orden a esa época. Yo simplemente hacía, no hablaba. O no hacía y no hacer era otra manera de hablar: no barrer los guardapolvos, no pasar el plumero, no echarle cloro a la piscina y ver el agua teñirse de un verde más oscuro cada vez.

    También entendí que en el mundo no hay palabras para todo. Y no hablo de morir o vivir, no hablo de frases como «el dolor no tiene palabras». Mi dolor sí tenía palabras, pero mientras escobillaba el fondo del guáter, mientras refregaba los hongos de la tina, mientras rebanaba una cebolla, ya no pensaba con palabras. El hilo que unía las palabras y las cosas se había desatado y había quedado el mundo, nada más. Un mundo desprovisto de palabras.

    Pero esa, claro, sí es una larga digresión. Tarjen esta página completa, también la anterior. Ustedes probablemente quieren saber si yo maté a la niña o si fui yo quien sembró esa idea en su cabeza. Subrayen esto con lápiz rojo: la niña se ahogó. Y, sin embargo, ella sabía nadar. Ya les he contado cómo aprendió en la piscina con su padre. Pregúntenle al señor, a la señora; sabía nadar como una experta. Explíquenme ustedes cómo es posible que ambas afirmaciones sean correctas; cómo existe una realidad donde ambos hechos son verdad. Defiendan ustedes a las palabras. Ustedes, los que tarjan párrafos, los que se esconden tras ese espejo.
  • Inéscompartió una citahace 8 meses
    Mi silencio comenzó después de la muerte de mi mamá. No fue intencional. Tampoco un castigo. Un laberinto, tal vez, si necesitan definirlo, y cuando llevaba allí demasiado tiempo ya no pude encontrar la salida.

    Yo estaba friendo una tortilla cuando la señora entró a la cocina.

    Estela, dijo, dónde están los fósforos.

    Y yo le pasé los fósforos.

    Hagamos pollo arvejado.

    Y yo cociné pollo arvejado.

    Cambia las sábanas de la Julia.

    Y yo puse las sábanas limpias.

    Una tarde apareció un calcetín sobre la mesa de la cocina. A su lado, el costurero. Dentro del costurero, aguja e hilo. Enhebré la aguja, cosí el agujero, devolví el calcetín a su cajón. Quién necesita las palabras.

    La Yany ya no me hacía compañía, no tenía una madre a quien llamar y eso abría un silencio tan profundo que cualquier frase no era más que ruido. Dejé de atender el teléfono. Dejé de contestarle a la señora. Dejé de tararear melodías mientras pasaba el trapo con lustramuebles. Y dejé de hablarle a la niña. Ni una sola frase, ni una mísera afirmación.

    No sé cuánto tiempo duró mi silencio. Y digo silencio sabiendo que se trata de una imprecisión pero que para ustedes será más sencillo entenderlo de ese modo. Escribir en sus notas: «dice haber guardado silencio». O preguntarle a la señora: «¿Su empleada estuvo en silencio?». La señora entonces les dirá: «No recuerdo ningún silencio». Porque dudo que una mujer como ella reparara en un silencio como el mío.

    Hay un orden en las palabras, no sé si ya se habrán dado cuenta. Causa-consecuencia. Inicio-final. No es posible cualquier orden. Para hablar, cada palabra debe guardar distancia de la anterior, como los niños formados frente a la puerta de la sala de clases. De pequeñas a grandes, de bajas a altas, las palabras exigen una determinada disposición.
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