Piensen en ello. Piensen en cómo empezamos… Somos una cosa, una realidad fija, por decirlo así. Como la semilla de un árbol, plantada en el suelo. Entonces… crecemos. Crecemos y crecemos… Y pasamos a ser, primeramente, un tallo, o un tronco.
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—Pero luego el árbol que es nuestra vida desarrolla ramas. Pensemos en todas esas ramas que parten desde el tronco, a diferentes alturas. Pensemos en todas esas ramas que vuelven a dividirse, de nuevo; a veces en sentidos contrarios. Pensemos en cómo esas ramas se convierten en otras ramitas más pequeñas, y de estas nacen brotes. Todos esos brotes ocupan lugares distintos, pese a provenir de un único lugar, que es el mismo para todos. La vida es así, pero a mayor escala. Cada día se forman nuevas ramas, cada segundo de cada hora. Y desde nuestro punto de vista, desde el punto de vista de cualquiera, percibimos una especie de continuum . Cada brote ha hecho un único viaje para llegar a ser. Muchos otros brotes nacen a la vez, al igual que existen otros muchos “días de hoy”. Son como otras vidas que habrían sido muy distintas de haber tomado, en cada momento, una decisión diferente a la que tomamos en nuestra vida actual. Así es el árbol de la vida. Muchas religiones y mitologías han hablado sobre ello. Esta idea está en el budismo, en el judaísmo y en el cristianismo. Muchos filósofos y literatos han acudido a la metáfora del árbol.
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