Sin embargo, mientras cerraba la puerta del despacho del director, el resentimiento y la indignación me oprimían el pecho. ¿Es que ella no sabía nada de mí ni sobre el colegio? ¿No se daba cuenta de que las vacaciones ya iban a ser bastante aburridas sin la mirada inquisidora y la afilada lengua de Amenaza Mike? Era, de lejos, el maestro más impopular de la escuela: pedante, hiperestricto y dado a ese cáustico sarcasmo que a los jóvenes les resulta más difícil de soportar que los insultos proferidos a gritos. Ahora sé que era un profesor brillante. A él le debía, en gran parte, mi beca en la preparatoria. Tal vez fuese esa circunstancia y el hecho de que Amenaza Mike había estudiado con mi padre en Balliol lo que motivó la invitación de mi abuela. Puede incluso que mi padre le hubiese escrito para sugerírselo. Me sorprendía menos que el señor Michaelmass hubiera aceptado. Las comodidades y la excelente comida de una casa de buena posición serían un cambio mejor recibido que la residencia espartana y la cocina institucional del colegio.