Dije a don Juan que practiqué la técnica años enteros sin advertir cambio alguno, pero de todos modos no lo esperaba. Cierto día, sin embargo, me di cuenta, súbitamente, de que acababa de caminar durante unos diez minutos sin haberme dicho una sola palabra.
Mencioné también que en esa ocasión cobré conciencia de que suspender el diálogo interno implicaba algo más que sólo reprimir las palabras que me decía a mí mismo. Todos mis procesos intelectuales se detuvieron, y me sentí como suspendido, flotando. Una sensación de pánico surgió de esa vivencia, y tuve que reanudar mi diálogo interno como antídoto.