La historia del alcoholismo femenino se escribe en los baños públicos, que componen la línea discontinua que recorre todo alcohólico de ciudad. No así los alcohólicos de pueblo, que cuentan con sus propios escondites aquí y allá. Tani Libélula de Oro, por ejemplo, escondía botellas en las copas de los manzanos. Mientras empinaba el codo, picoteaba manzanas sin arrancarlas de la rama, y los manzanos quedaban llenos de fruta mordida.