Lo que ni el médico de cabecera ni mi posterior terapeuta llegaron nunca a entender es que el estrés no me lo causaba mi trabajo sino, tal y como le había dicho, el hecho de tener que ir a trabajar. Ocupar ocho horas de lunes a viernes en una tarea alienante e insatisfactoria, rodeada de gente con la que me veía forzada a tener conversaciones infructuosas y aburridas, con todos aquellos absurdos lugares comunes sobre hipotecas o plazas de garaje o las palabras que dicen mal sus hijos o la última serie que habían visto en Netflix. Todo ese tiempo regalado a otros en vez de estar en mi casa leyendo o dibujando o simplemente mirando el techo, semidesnuda, observando las grietas. No soportaba la idea de estar obligada a vivir esa pantomima de oficina a perpetuidad para poder pagarme cosas como un alquiler o la comida o un libro o un fin de semana en la playa. Me desmoronaba cada mañana cuando sonaba el despertador porque la vida, vivida de este modo, me parecía una tragedia mal escrita, aburrida y estéril, sin gracia y, lo peor de todo, sin contenido, y sentía ganas de coger por los hombros a gente aleatoria de camino al trabajo para preguntarles por qué ellos no estaban igual que yo. Cuál era su secreto, cómo lograban mantener la compostura, por qué no lloraban siempre que sonaba el despertador.