La ausencia se tiende a anular, los familiares optan por creer que sus desaparecidos están vivos, prefieren mantenerlos vivos, mantener la esperanza de su regreso.20 El desaparecido, el ser ausente es abrigado de otro eufemismo que permita a los familiares mantener la esperanza del regreso. El ausente está físicamente ausente, pero sicológicamente presente, los familiares utilizan eufemismos, símbolos para cubrir el vacío generado por la ausencia de los desaparecidos de manera forzada por el Estado.21
Los familiares de los ausentes-desaparecidos viven con la culpa, esa culpa de ser sobrevivientes, de ser testigos del trauma, horror, la culpa de ser testigos de sí mismos. Viven en el limbo, inhabilitados para llorar a sus ausentes, no están muertos, inmovilizados para proseguir con sus vidas, una vida habitada por fantasmas de gente ausente, pero también, presente.22
Esta aseveración es importante, si nos preguntamos sobre la ausencia que experimentan las y los familiares de desparecidos en México, si el vaciamiento, el vacío en el que han sido colocadas por ellas y ellos mismos, así como por el Estado y sus instituciones, los convierte en una indiferenciación, el estado que ha sido metaforizado como víctima. La víctima como una metáfora de la ausencia.