era idiota, sabía de sobra que nunca iba a ser un señorito, pero también sabía que no quería trabajar para ninguno. No quería esquilar sus rebaños ni labrar sus tierras, no quería tratar de usted a sus hijos ni levantarles las presas en las monterías. A los señores también los odiaba, aunque de otra manera. No porque le recordasen lo que era, sino porque le hacían pensar en lo que nunca sería.