Mi madre, además de invidente, era infértil. Cuando era niño, me decía que los hijos son los ojos del mundo. Y me pedía que me viera en sus pupilas. Tino, refléjate en mí. Dime cómo eres en mí mirada. Y yo le mentía. No le confesaba que era una berenjena. Un tapir malnutrido, como decía Carol. Le presumía que era el tipo más guapo del mundo. Y me creía. No con la cabeza, no con el corazón. Me creía con sus ojos muertos