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Carlos Velázquez

  • elmayocompartió una citael mes pasado
    Pensé que embarazada se olvidaría de mi cuerpo de tapir.
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    Yo la ignoraba. Me reservaba mi grasita. La consideraba un trofeo. Y me masturbaba sin entusiasmo. Fantaseaba con gordas mórbidas. Era mi mediocre venganza contra Carol. Siempre que pensaba en una flaca no conseguía venirme. No me calientan. Cogerse a Carol era como cogerse a un hombre rasurado, por lo pinche escuálida que estaba.
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    Mi madre, además de invidente, era infértil. Cuando era niño, me decía que los hijos son los ojos del mundo. Y me pedía que me viera en sus pupilas. Tino, refléjate en mí. Dime cómo eres en mí mirada. Y yo le mentía. No le confesaba que era una berenjena. Un tapir malnutrido, como decía Carol. Le presumía que era el tipo más guapo del mundo. Y me creía. No con la cabeza, no con el corazón. Me creía con sus ojos muertos
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    Conozco la malilla. La malilla es como el barrio, te traga. Es el dolor que te ataca cuando se acaba la coca. Ahora lo siento. Es una pureza fría que se encariña a tus corvas. Rechinidos en las articulaciones, cada uno parece una uva arrancada con desparpajo al racimo que son mis nervios. Y el puto dolor de cabeza. Que no soporto ni el sonido de las manos de la sirvienta limpiando frijoles.
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    Una noche no aguanté más. El antojo de Carol me zarandeó para lanzarme por unas fresas con crema al 24, horas. Caminito al súper, me compré un gramo de soda. Me la metí y me sentí Maradona. Mi mano, que llevaba el polvo en la esquina de una tarjeta de Banamex, era la mano de Dios. Aún estaba vigente. No había olvidado cómo chutar el balón. La coca seguía siendo mi vieja. La fiel. La que no me llamaba iguanodonte, cuerpo de tortuga de la isla Galápagos. Me reactivó al servicio.
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    Regresé a la casa bien sonaja. Bien soundsystem. Sonadísimo. Carol me descubrió en caliente. ¿Mira nada más cómo andas? En el puro panique. Te metiste mugrero. Te metiste. Te metiste. Y yo en mi estado. Méndigo sordero.
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    Durante nuestras juergas de polvo a veces teníamos sexo en la sala o en la cocina. Carol se ponía tan contenta por la droga que me permitía penetrarla. Descaradotes, al cabo que mamá no podía vernos, deambulábamos desnudos por toda la casa. Éramos dos chanchos obscenos y salvajes, listos para saltar al cazo de las carnitas. Dos marranos silvestres y exóticos que se paseaban en un corral con las venas cargadas de cocaína.
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    Esa muchacha va a tener un hijo del diablo, le decía a mi mamá. Se droga. Va a parir un renacuajo.
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    Ese niño va a nacer como ustedes. Sin alma, le dijo la vieja a Carol en sujeta.

    Carol flipó. Le agarró una tirria verdulera. Malaleche.
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    El barrio había trastornado a Carol. Se masturbaba, se drogaba, se pedorreaba delante de la criada. Nunca había tenido servidumbre, pero el barrio le había metido en la cabeza que debía tratar mal al servicio doméstico. Con las patas. Con la cola.
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