Le cuenta también de la ocasión que vio, en plena madrugada, a una niña haciendo autoestop a un lado de la carretera. La niña llevaba un vestido de primavera y de su mano colgaba un oso de peluche mugriento, y parecía no sentir frío en medio de la noche helada, y sus ojos brillaban como brillan los ojos de los animales en la oscuridad, y él no se detuvo porque esa niña era todo menos una niña.