Leigh Bardugo

Seis de cuervos

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Carolina Riveracompartió una citahace 3 horas
Para los juegos de manos, comprendió, para poder mantener el contacto con las monedas o las cartas, o trabajar en una cerradura. Tocar sin tocar.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—Ah, deberías conocer a los otros Despojos. En comparación parecemos fjerdanos.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Había sido delgada como una cáscara e igual de vacía. Eso era lo que le pasaba a un Grisha que encontraran en el lugar incorrecto en el momento incorrecto: una sentencia de por vida a la esclavitud o algo peor.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—Me gusta caminar libre por las calles —explicó Jesper—. Me gusta no preocuparme porque me atrape un tratante de esclavos o me mate alguien como nuestro amigo Helvar. Además, tengo otras habilidades que me proporcionan más placer y beneficio que esta. Muchas otras habilidades.

Wylan tosió. Puede que coquetear con él fuera más divertido que molestarlo, pero estaba cerca.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—Deja de ser tan lerdo. Eres más mono cuando eres listo.

Las mejillas de Wylan se volvieron rosadas. Frunció el ceño y se levantó el cuello.
Karina Menendezcompartió una citahace 4 horas
Dormir es un lujo en la Puerta del Infierno. Es un peligro. Pero cuando dormía, soñaba contigo. —Ella levantó la cabeza de golpe—. Eso es. Cada vez que cerraba los ojos.
—¿Qué pasaba en los sueños? —preguntó Nina, deseosa oír la respuesta pero también temiéndola.
—Cosas horribles. Las peores clases de tortura. Me ahogabas con lentitud. Me quemabas el corazón en el pecho. Me cegabas.
—Era un monstruo.
—Un monstruo, una doncella, una sílfide del hielo. Me besabas, me susurrabas historias al oído. Me cantabas y me abrazabas mientras dormía. Tu risa me perseguía hasta que despertaba.
—Siempre odiaste mi risa.
—Amaba tu risa, Nina. Y tu fiero corazón de guerrera. Tal vez te hubiera amado también a ti.
Tal vez. Una vez. Antes de que lo traicionara. Aquellas palabras le dolían en el pecho.
Sabía que no debía hablar, pero no pudo evitarlo.
—¿Y qué hacías tú, Matthias? ¿Qué me hacías en tus sueños?
El barco viró ligeramente y las lámparas se balancearon. Los ojos del joven eran fuego azul.
—Todo —dijo mientras se giraba para marcharse—. Todo
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Mantuvo su voz en la cabeza, repitiéndose esas palabras una y otra vez mientras se quitaba las botas, la ropa y al fin sus guantes.

Vio que Jesper le estaba mirando fijamente las manos.

—¿Qué esperabas? —gruñó Kaz.

—Garras, al menos —replicó Jesper, dirigiendo la mirada a sus pies desnudos y huesudos—. Tal vez un pulgar lleno de espinas.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Mantén la compostura, Brekker, se reprendió con dureza. No ayudó. Iba a desmayarse otra vez, y todo habría terminado. Una vez Inej se había ofrecido a enseñarle a caer.

—El truco es que no te derriben —le había dicho él entre risas.

—No, Kaz —le había respondido ella—, el truco es volver a levantarse.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Inej estará bien.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
No importa lo grandes que sean las armas si no sabes adonde apuntar.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Sintió una punzada en el pecho y, con una perturbadora sacudida, se dio cuenta de que tenía pánico. Ella había sido quien lo había despertado de su estupor en el carro. Su voz lo había sacado de la oscuridad; había sido la atadura a la que se había aferrado y que había utilizado para volver a algo parecido a la cordura.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Entraron en una cámara donde había una mujer mayor con las manos encadenadas, flanqueada por guardias. Tenía los ojos vacíos. Cuando cada prisionero se acercó, ella le tomó la muñeca.

Un amplificador humano.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—¿Estás bien? —preguntó, y Kaz se sintió atraído hacia su voz como el agua bajando por una colina.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Mejor que fuera ella.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—Kaz. —Un susurro. Se estremeció. Otro golpe en su muslo—. Kaz.

Era la voz de Inej. Logró respirar hondo por la nariz. La sintió apartándose de él. De algún modo, en los estrechos confines del vagón, había logrado darle espacio. El corazón le latía con fuerza.

—Sigue hablando —dijo él con voz áspera.

—¿Qué?

—Tú sigue hablando.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Kaz ocupó su lugar junto a ella. Le puso la capucha sobre la cabeza y el olor mohoso le llenó las fosas nasales. A continuación él se pondría su propia capucha y se encerraría. Era fácil, un truco de mago barato, y Kaz los conocía todos. Tenía el brazo apretado contra el suyo del codo al hombro mientras le cerraba el collar al cuello. Los cuerpos se movían junto a la espalda y el costado de Inej, agolpándose contra ella.

Por el momento estaban a salvo. Pero a pesar del traqueteo de las ruedas del vagón, Inej notaba que la respiración de Kaz había empeorado: unos jadeos rápidos y superficiales, como un animal atrapado en una trampa. Era un sonido que nunca había pensado oír de él.

Como estaba escuchando con tanta atención supo el momento exacto en el que Kaz Brekker, Manos Sucias, el cabrón del Barril y el chico más letal de Ketterdam, se desmayó.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
Inej salió de la hondonada y apareció tras Kaz. Seguía estando ahí de pie, perfectamente inmóvil. Le tocó brevemente el hombro y él se encogió. Kaz Brekker se encogió. ¿Qué estaba pasando? No podía preguntarle y arriesgarse a delatarse ante los prisioneros que escuchaban.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—¿Dónde están los demás? —preguntó mirando la hondonada vacía.

—En el camino. Kaz dijo que debíamos dejarte dormir.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—No es verdad —protestó Matthias, e Inej tuvo que reírse ante la ferocidad de su ceño fruncido. Él pasó un dedo por una pila de migas—. Nina es todo lo que dices. Es demasiado.

—Mmm —murmuró Inej, y tomó un sorbo de su taza—. A lo mejor es que tú no eres suficiente.
Carolina Riveracompartió una citahace 4 horas
—Lo de la galleta de pega es solo un nombre. Puede ser una piedra, una pastilla de jabón, incluso un bollo viejo si tiene el tamaño adecuado. Un buen ladrón sabrá cuál es el peso de una cartera solo por cómo cuelga del bolsillo del hombre. Hace el cambio y el pobre blanco sigue tocándose el bolsillo muy feliz. Hasta que no intenta pagar una tortilla o apostar en la mesa no se da cuenta de que lo han engañado. Para entonces el ladrón ya está en un lugar seguro, contando sus ganancias.
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