La mujer sin abrigo –que sigue tiritando, aunque me he ofrecido a comprarle un chaleco, por aquí sobran las ferias de artesanía– lidia con la ansiedad sacándose los pelos de la cabeza. Ahí está, en una esquina, sentada con gesto ausente, escarbándose. Nadie le dice nada, pero de a poquito comienzan a notarse los pelones, ahí al centro, como una calva rara.
En estas semanas he visto a otras mujeres hacerse daño sin darse cuenta o tomándolo como un mal necesario. Chicas que se rasguñan las piernas, que se sacan pedazos de uña, que se muerden los labios hasta hacérselos sangrar. No parece dolerles. Tampoco distraerlas.