Citas de “Ojos azules” de Toni Morrison

shayo
shayocompartió una citahace 2 años
el mundo entero se había puesto de acuerdo en que una muñeca de piel rosada, cabello amarillo y ojos azules era lo que toda niña consideraba un tesoro.
Santiago Romero
Santiago Romerocompartió una citahace 6 meses
Algunos hombres son sólo perros.
Michelle Roacho
Michelle Roachocompartió una citael año pasado
cuando pienso en el otoño, pienso en alguien con manos que no quiere que yo muera.
Beth Luriia
Beth Luriiacompartió una citael año pasado
Por los ruidos cloqueantes que emitían los adultos, yo sabía que aquella muñeca representaba lo que ellos creían que era mi más preciado deseo. A mí me dejaba estupefacta tanto la cosa en sí como el aspecto que tenía. ¿Qué se esperaba que hiciese yo con ella? ¿Fingir que era su madre? No me interesaban ni los bebés ni el concepto de maternidad.
Fany Clau
Fany Claucompartió una citael año pasado
Si algún adulto capacitado para satisfacer mis deseos me hubiese tomado en serio y preguntado lo que quería, habría sabido que yo no quería tener nada, no quería poseer ningún objeto. Deseaba más bien sentir algo el día de Navidad
Jośe Carrasco Amador
Jośe Carrasco Amadorcompartió una citael mes pasado
para descubrir la verdad sobre cómo mueren los sueños una no debería fiarse de las palabras del soñador
Nora Alvarez
Nora Alvarezcompartió una citahace 2 meses
Existe una diferencia entre estar en la calle y salir a la calle. Si sales a la calle, te marchas a otro sitio; si estás en la calle, no tienes sitio adonde ir.
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 3 meses
onfundíamos la violencia con la pasión, la indolencia con el ocio, y asimilábamos la imprudencia a la libertad. Criábamos a nuestros hijos y cultivábamos nuestras propiedades; dejábamos que los hijos crecieran y las propiedades prosperasen. Nuestra virilidad la determinaban las adquisiciones; nuestra feminidad, las resignaciones. Y el aroma de vuestro fruto y la laboriosidad de Vuestros días, Señor, los aborrecíamos.
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 3 meses
Había una vez un anciano que amaba las cosas, porque el más leve contacto con las personas le provocaba unas náuseas ligeras pero persistentes. Ya no recordaba cuándo empezó aquel rechazo, ni tampoco recordaba haber vivido alguna época libre de él
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 3 meses
Leía vorazmente pero asimilaba selectivamente, eligiendo los bocados y porciones de las ideas ajenas que respaldasen cualquier predilección que sintiera en aquel momento.
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 3 meses
Después maduraron. Se introdujeron en la vida por la puerta trasera. Adquirieron identidad. Todas las personas de su mundo parecían estar en posición de darles órdenes. Las mujeres blancas decían: «Haz esto». Los niños blancos decían: «Dame eso». Los hombres blancos decían: «Ven acá». Los negros decían: «Acuéstate aquí». Los únicos seres de quienes no necesitaban recibir órdenes eran los niños negros y sus propias congéneres. Pero todo aquello lo asimilaban y lo recreaban en concordancia con su misma imagen. Gobernaban las casas de los blancos, y lo sabían. Cuando los hombres blancos apalizaban a sus hombres, ellas restañaban la sangre y se iban a casa a que las maltratase la víctima. Zurraban a sus hijos con una mano y con la otra robaban para ellos. Aquellas manos que talaban árboles también cortaban cordones umbilicales; las manos que retorcían el cuello de los pollos y degollaban cerdos también hacían florecer las violetas africanas; los brazos que cargaban gavillas, balas y sacos acunaban a los bebés hasta que se dormían. Amasaban inocentes pasteles hojaldrados y amortajaban a los difuntos. Araban los campos todo el día y regresaban a casa para acurrucarse dulcemente bajo los miembros de sus hombres. Las piernas que montaban a horcajadas los lomos de una mula eran las mismas que apresaban las caderas del hombre. Y aquélla era la única diferencia que había.
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 3 meses
Todo se fue a rodar. Parecía que después de lo que había pasado ya no me importase nada. Me dejé crecer el cabello, me lo trencé y me decidí a ser simplemente fea.
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 4 meses
Allí aprenden el resto de las lecciones iniciadas en aquellas tranquilas casas con balancines en el porche y tiestos de fucsias: cómo comportarse. El esmerado desarrollo de la frugalidad, la paciencia, la ética y los buenos modales. En suma, cómo librarse de la bajeza. La espantosa bajeza de la pasión, la bajeza de la condición humana y de su amplia gama de emociones.
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 4 meses
Atrapada, pues, en la restrictiva convicción de que sólo un milagro podía socorrerla, no percibiría nunca su propia belleza. Sólo vería lo que tenía delante: los ojos de las demás personas.
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 4 meses
A Pecola se le había ocurrido hacía algún tiempo que si sus ojos, aquellos ojos que retenían las imágenes y sabían ver, si aquellos ojos fueran diferentes, es decir, bellos, toda ella podría ser diferente
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 4 meses
Por mucho que lo intentase nunca conseguía que sus ojos desaparecieran. ¿Qué sentido tenía, entonces? Los ojos lo eran todo. Todo estaba allí, en ellos. Todas aquellas imágenes, todos aquellos rostros. Había renunciado hacía tiempo a la idea de escaparse para ver nuevas imágenes
Madeleine
Madeleine compartió una citahace 4 meses
Era como si algún misterioso maestro omnisciente hubiera dado a cada uno un manto de fealdad para que lo llevasen y ellos lo hubiesen aceptado sin rechistar. El maestro había dictaminado: «Sois personas feas». Ellos se habían examinado a sí mismos sin ver nada que contradijera el dictamen; vieron, de hecho, que lo confirmaban todos los carteles de las vallas publicitarias, todas las películas, todas las miradas. «Sí, tiene usted razón», dijeron. Y tomaron en sus manos la fealdad, se la echaron encima como una capa y se fueron por el mundo con ella. Cada uno la manejó a su manera.
Santiago Romero
Santiago Romerocompartió una citahace 6 meses
El amor no es nunca mejor que el amante. La gente inicua ama inicuamente, los violentos aman violentamente, las personas débiles aman débilmente, las estúpidas aman estúpidamente, pero el amor de un hombre libre nunca es seguro. El ser amado nunca se ve recompensado. Sólo el amante posee su don de amor. El ser amado es arrancado de sus raíces, neutralizado, congelado en el brillo de la mirada que el amante tiene vuelta hacia su propio interior.
Santiago Romero
Santiago Romerocompartió una citahace 6 meses
Todos nuestros desechos, que volcamos sobre ella y que ella absorbió. Y toda nuestra belleza, que primero fue suya y que ella nos entregó después. Todos nosotros —todos cuantos la conocimos— nos sentimos más sanos tras habernos depurado en ella. Éramos muy hermosos cuando nos erguíamos a horcajadas sobre su fealdad. Su sencillez nos decoraba, su culpa nos santificaba, su dolor nos hacía resplandecer de bienestar, su torpeza nos hacía creer que teníamos sentido del humor. Su incapacidad para expresarse producía en nosotros la ilusión de que éramos elocuentes. Su pobreza preservaba nuestra magnanimidad de ricos. Incluso sus sueños visionarios los utilizábamos para silenciar nuestras propias pesadillas. Y ella nos lo consentía, y con ello se ganaba nuestro desprecio. Nosotros pulíamos sobre ella nuestros egos, almohadillábamos nuestro carácter con sus flaquezas y nos abríamos desmesuradamente a la fantasía de nuestra solidez.

Y fantasía era, porque no éramos fuertes, sólo agresivos; no éramos libres, sólo licenciosos; no éramos compasivos, éramos corteses; no éramos buenos, pero nos portábamos bien. Nos exponíamos a la muerte para calificarnos a nosotros mismos de bravos, y nos ocultábamos ante la vida como ladrones. Sustituíamos los buenos principios por el intelecto; cambiábamos de hábitos para simular madurez; reordenábamos mentiras y lo llamábamos verdad, y en el nuevo diseño de una idea vieja veíamos la Revelación y la Palabra.
Santiago Romero
Santiago Romerocompartió una citahace 6 meses
Nosotras intentábamos verla sin mirarla, y nunca, nunca, nos acercábamos. No porque ella fuera absurda, o repulsiva, o porque nos atemorizase, sino porque la habíamos abandonado. Nuestras flores no crecieron nunca. Yo estaba convencida de que Frieda tenía razón, de que las había plantado a demasiada profundidad. ¿Cómo pude haber sido tan torpe? Así que eludimos a Pecola Breedlove. Para siempre.
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