El veintisiete de enero, cuando comenzaba a recuperarse, el hijo menor de Emerson, el joven Waldo, murió de escarlatina a los cinco años. Emerson quedó destrozado, y Thoreau le aconsejó que actuase como lo haría la naturaleza, pensando como un árbol, pues ella encuentra a los suyos sin pérdida alguna, una y otra vez, siempre bajo nuevas formas; la muerte, le dijo, puede llegar a ser hermosa si se la concibe como una ley necesaria; no un accidente, sino algo tan común como la vida. Si la naturaleza no conoce la muerte, añadió, hagamos que nuestra queja sea semejante a los suspiros del viento sobre los campos, que ningún arbusto interpretaría como dirigidos a su caso particular.