Agua que no se queda quieta, agua movediza, como cuando hay un temblor y una de casualidad está mirando un tanque rebozado, el vibrar de tu cara atrapada en ese espejo líquido, tu rostro que se va deformando, que va perdiendo el sentido, que abandona la forma de una carita de muchacha y parece más bien una ameba o un dibujo de una célula en una lámina de ciencias de cinco sucres.
Una agua temblorosa y rara en mitad de un volcán. Como el oído de volcán que dice todo el mundo que está enterrado en la playa de Las Palmas y que algún día nos tragará y convertirá en leyenda, un cuenteo de esos que echa mi papi Manuel, que nadie cree porque cuando lo escuchas no se te dibujan las figuritas dentro de la cabeza. Cuando el oído de volcán expulse su agua, la gente dirá ¿Esmeraldas?, ¿qué es eso?, y se dejarán llevar por las historias de una raza ya pasada a la vida, oculta del agua salada, y encontrarán piezas por piezas nuestra existencia, pero nadie podrá saber realmente lo que fuimos.